La cabaña

Allende los mares,

donde las estaciones cambian

y el sur es norte

se encuentra la cabaña.

En invierno,

el monstruo del viento

la torna impenetrable.

Se intuye en las lágrimas de la tierra.

Se intuye en los aullidos de los árboles.

Ni siquiera el más aventurero se adentra,

es grande el temor.

Sabe que dentro aguarda una bestia sedienta.

En primavera,

cual gusano de seda,

el monstruo se transforma en muchacha.

De pelo largo y mirada cruzada.

Bebe del sol, hace el amor a las flores,

se alimenta de letras bajo un ombú.

En verano,

convertida por fin en mujer,

corre desnuda.

Viste tan sólo sus propios lunares.

Alegre y despreocupada,

se aleja de la prisión de madera,

día a día un poco más.

Ya no necesita refugio.

Ya no necesita la cabaña.

En otoño,

los últimos soles calientes

le recuerdan el camino a la cabaña.

Viste hojas de dulce de leche y

se mece nostálgica en la hamaca.

Llora el último día de calor,

los párpados en carne viva,

se niega a dormir.

El viento le susurra que

despertará de nuevo

como alimaña.

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