Tiña Brown

Tiña Brown es conocida en el barrio por cuestiones de lo más variadas. A decir verdad, ninguna buena.

Su edad es una incógnita. Bien podría rondar los cuarenta o llevar en los huesos una muy mala treintena. ¿Quién lo sabe? Es difícil acercarse a preguntarle algo sin que te lance malos augurios. Ahuyenta a los niños y hace ladrar a los perros.

Viste de lentejuela, de ahí su apellido, Brown. Alguien comentó que parecía una imitadora barata de los artistas de la Motown. A mí, particularmente, siempre me ha gustado pensar que es una estrella caída de algún planeta.

Desde niño me gustaba pensar que Tiña venía del espacio exterior, descolgada de algún frío cometa que aterrizó en mi calle por designios misteriosos. Quedé muy desilusionado cuando, peinando canas, me documenté sobre el tema en periódicos locales antiguos y vi que no se registraba ningún incidente. Mi gran aliado en esta causa, el del 2ºB dice que hace unos treinta años cayó un meteorito en el solar del final de la calle pero no es una fuente fiable: le encantan, a partes iguales, las conspiraciones gubernamentales y el pacharán. Aún así, sigo pensando que no pertenece a este planeta.

El apodo de Tiña se lo ha ganado a pulso. Hace tiempo, montó una tienda dentro de su casa de remedios caseros. “Remedios chinos infalibles”, colgó en su puerta. Se dice que vendía curas para la impotencia sexual, potingues para el mal olor corporal y realizaba conjuros entre las vecinas para atraer la buena suerte y derrotar a los malos espíritus. Un día, una amiga de mi madre, un tanto desesperada, le encargó una pócima para retener a su marido, quien creía que estaba teniendo un affaire con otra. Tiña Brown le dio un remedio de un chamán llamado Xin Sein, o algo parecido. Días después de bebérselo, a la desgraciada vecina se le cayó todo el pelo pero retuvo al marido. El matrimonio denunció a la Tiña y ella alegó que el objetivo era mantenerlos unidos y que ya había avisado a la mujer de posibles efectos secundarios pero que le dio igual. Tiña se salió con la suya y la amiga del madre, de una manera insospechada, también.

Desde entonces, a la Brown se la conoce como Tiña tal por ser más mala que la ídem y a la otra, la calva feliz.

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