El Síndrome Ikea

No me refiero al truco del superahorro. De esos muebles/maletas/juegos de cocina que te valen una mierda y la gente se sorprende cuando efectivamente duran lo ídem. Tampoco a esa religión freak en la senda del Appleismo que profesan algunos seguidores incondicionales. No, no. Voy a algo mucho más primario, biológico o casi enteramente enfermizo. Yo padezco el Síndrome  Ikea. Me transformo completamente cuando tengo que entrar por algún caso de fuerza mayor por la puerta de ese mostrenco azul intenso y amarillo canario chillón.  Hasta escucho su voz diciendo: mátame, por favor, termina con esta tortura. ¡Bienvenidos a Ikea!

Lo detesto.

Es algo superior a mis fuerzas. Como la desazón en los lugares repletos de gente, las masificaciones, los agujeros negros o los laberintos. Creo que Ikea de alguna manera aúna todas estas fobias.

1. Espacio laberíntico ENORME donde es muy fácil entrar pero muy complicado salir.

2. Carros gigantes, familias con críos chillando de un lado para otro, lo que hace que pese a su gran tamaño, me haga más pequeña.

3. Comida rápida familiar tipo Rancho del Tío Moe. Los hotdogs a un euro. Mierda en la comida. Papeles sucios y restos de comida por toda partes en el comedor. Escalofriante.

4. Los superestantes donde está el género. Esas galerías eternas donde predomina el marrón y los toros.

5. Por mucho que vayas a por una cosa, sea cual sea, tardas más de una hora en salir de allí. A estas alturas, os podéis imaginar que soy más de tienda pequeñita, de barrio, con todo a mano.

Lo único positivo son esas maravillosas bolsas de patatas con sabor a cebolla y nata agria. Como una cría, eso me calma hasta que se acaban y vuelvo a ser consciente de que estoy dentro de un enorme monstruo amariazul.

Decidí no volver porque a parte de ponerme de los nervios a mí misma, le ponía de los nervios a mi santo novio.  ¿La putada? Que necesitamos un sofá funcional muy barato desde hace meses y, por mucho patchwork folclórico con el que visto al nuestro ya no cuela. La foto es más que reveladora. Creo que la próxima vez que tenga que entrar me enfrentaré a él con estoicismo. Miraré fijamente a la puerta diciendo, ¡Ave Ikea, morituri te salutant!. Y que sea lo que yo quiera. Por favor.

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