La inmortalidad

El frío es un recordatorio de la fugacidad de la vida. Si aún respiras, lo notas, como un tortazo a mano abierta en cada retazo de la piel. Una viuda negra sensitiva que te arrebata el calor con sus manos. Te hace sentir vivo y, al mismo tiempo, te vuelve partícipe de tu mortalidad. Del irremediable hecho de que tarde o temprano dejarás de padecerlo, de respirarlo y, por consiguiente, de existir.

El frío es, asimismo, un recordatorio de la perpetuidad de la muerte. Enemiga última de los hedonistas y aliada indispensable de aquellos que han decidido tirar la toalla. Dura condena para los primeros; desesperado alivio para los segundos. La muerte nace con la vida y termina con ella bien seas árbol, suricato o persona. Son las reglas del juego.

Los cementerios son lugares fríos. No conozco a nadie que me haya dicho todavía lo contrario. Ciudades y pueblos de habitados por muertos y recorridos por vivos, curiosos unos, afligidos familiares otros. No cabe duda de que es un lugar no hecho para aquellos que aún pueden llenar sus pulmones de aire y no de gusanos.

Como animal curioso que soy, el otro día tuve la oportunidad de visitar uno de los cementerios más famosos del mundo, el Père-Lachaise en París, en la rue de repos ubicada en el distrito XX de la ciudad. Es, pues, una villa de sombras dentro de la Ciudad de la Luz. Sus 54 hectáreas custodian el descanso eterno de algunos personajes ilustres que echaron un pulso con la muerte y perdieron. Desde Edith Piaf hasta Chopin pasando por Oscar Wilde o, al que en principio iba a visitar Jim Morrison. Un lugar donde perderse es fácil sino se tiene un mapa a mano pero que goza de una belleza macabra gracias a la innumerable cantidad de lápidas rotas, árboles de rama burtoniana y caminos tortuosos por recorrer. Decadente, romántico y frío. El sitio idóneo para vivir después de muerto.

Ángeles, panteones góticos, flores, marcas de carmín en alguna tumba, turistas desconcertados y helados. En París hace frío sí pero en Père-Lachaise lo noto aún más. El símbolo es más poderoso que la vida pienso mientras me fumo un cigarro posada delante del fortín de seguridad que rodea la tumba del rockero que quiso ser poeta francés. Botellas de Jack Daniels rodean al muerto. El símbolo hace el mito.

Pongo la vista en el norte del cementerio y me dirijo rumbo hacia el monumento funerario de Wilde. Una obra de arte blanca, un ángel con rosas en los pies y alas de gran tamaño. Es una pena no verla llena de besos: el material se estaba deteriorando así que después de restaurarla, a petición del nieto del escritor irlandés, han puesto un antiestético cristal para protegerla que ya tiene marcas de carmín, por cierto. Me quedo maravillada. Es puro arte. No sólo la forma, el mejor envoltorio para su ilustre continente. Parece que en cualquier momento el ángel va a echarse a volar combatiendo el gélido aire parisino, dándole las espaldas a la muerte y traspasar la categoría de mito para convertirse en lo que es, un símbolo de la inmortalidad. El ángel que respira eternamente por Oscar Wilde.

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