El desencanto

Búscame en los arrabales de todas las ciudades

donde dibujamos breves períodos de nuestra vida

y en donde los callos del tiempo marcan

la frontera del amor y del desencanto.

Puede que siga allí,

como un niño en un tiovivo,

dando vueltas en círculos,

en alguna rotonda

con aquel vestido de falda de vuelo,

misma edad,

diferente cuerpo.

He crecido desde entonces.

La infancia.

La adolescencia.

La juventud.

La desilusión.

Me he encontrado

y me he perdido

en cuatro ocasiones.

Cuatro veces desde entonces.

Búscame en los océanos

no en los ríos

ni en los pantanos.

Conrad erró.

El Congo no es la vida,

una arteria quizás

en el corazón del océano.

Donde me mantengo inmóvil

frente a las tormentas del ánimo,

cuyas olas amainan en los días malos

y arrecian en los peores.

Búscame en las orillas cantábricas,

grises y desapacibles,

donde aguarda una serpiente,

otra yo,

sin ropas

oteando

sin ojos

el horizonte.

Búscame como tantas otras veces no has hecho.

A decir verdad,

puede que no te espere como siempre.

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