Menú del día

Martes, dos del mediodía en medio de la carretera. Un tipo sale de su coche y se adentra en el único restaurante a varios kilómetros a la redonda. Entra en el local. No tiene buena pinta pero es lo que hay. El hambre le embarga. El olor tampoco ayuda mucho. Un tufo insoportable, una mezcla entre sudor de huevos y jamón serrano.

Se sienta en una de las mesas. Al lado, una familia (padre, madre y dos niños pequeños) comen con avidez lo que parecen rodajas de morcilla. ¿Qué clase de padre traería a sus hijos a un tugurio como este?, piensa. De repente, un camarero alto y de cara consumida, aparece frente a él.

-Buenos días, señor. ¿Para comer?

– Sí.

-¿A la carta o menú del día?

– Pues sí puede leerme el menú, por favor.

– Hoy de primero tiene…

Sopa de realities,

morcilla de feminista para picar o

o bien,

republicanos en escabeche.

De segundo, carne disidente.

Pueden elegir entre

roastbeef de antiturnista con aroma de 15M,

rabo de antitaurino en salsa española

o filete Gordillo con patatas jornaleras.

De postre,

coulant de LGTB

o

tabla de queso etarra D.O. con membrillo Casa Zapatero.

Entre las bebidas, la decisión está entre agua de pantano inaugurado y botellado por el Caudillo o caldos espirituosos de la Santa Madre Iglesia.

– El roastbeef de antiturnista está especialmente rico. Usted decide. ¿Qué le apetece?

– (El tipo se pone blanco. No parece que sea una broma) Mmmm, ¿sabe qué? Creo que me he equivocado de sitio. Es que soy vegetariano. Hace años que no como carne y estoy seguro de que me sentaría fatal.

La familia se queda callada. El camarero pega un grito al cocinero. “¡Juanjo, ven, tenemos un cliente vegetariano!”. Un hombre hirsuto y de proporciones colosales sale de la cocina y se acerca al cliente, que está apunto de defecarse encima, y al camarero.

– ¿No le gusta la carne? No se preocupe. Tenemos una alternativa culinaria para usted. ¿Le gustan las ensaladas?

– (Silencio)

-Pregunto, si le gustan las ensaladas…

– Sí… sí… claro.

– A mí también. Venga conmigo y veamos qué podemos prepararle.

– No es necesario que se moleste, yo ya me iba.

El cocinero le coge de los hombros. La tensión se podría cortar con el cuchillo jamonero que sobresale de un bolsillo de su delantal.

– No es ninguna molestia. Venga conmigo.

Ambos se encaminan hacia la cocina y, el cliente, como si se tratara del corredor de la muerte, va andando despacio, dejándose arrastrar por el cocinero. Entran en la cocina y el ruido de un golpe seco precede al horror. Gritos de indignación primero, después súplicas de auxilio. Y, de un momento a otro, un silencio sepulcral. El restaurante entero se calla. Minutos después, unos pasos lo quiebran. Sale el cocinero, manchado con un líquido rojo. Cara, manos y delantal teñidos. Un torero después de asestar la punzada mortal a su víctima.

– Marciaaal. Borra lo del roastbeef de la pizarra y cámbialo por “Ensalada de vegetariano”.

– ¿Para hoy o para mañana?

–  Para mañana Marcial. Que soy rápido pero no Dios.

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