La que acabó con Nick Drake

La languidez de su voz llenaba la habitación. De sur a norte y de oeste a este, recorría el camino de su cuerpo desde el grueso del cráneo a las uñas mal cortadas de sus pies. Todavía en pijama, a las doce menos cuarto del mediodía se preparaba un café. Solo, no tenía cambio para leche; sólo para tabaco. A un lado, en la silla donde ella anteriormente tiraba su ropa interior, una guitarra afinada le recordaba su fracaso. No era capaz de componer una melodía optimista. Ya no. Se fue con ella. Buscaba entre los cajones del subsconsciente un momento feliz. Un recuerdo de cuando consiguió rozar el cielo con sus alas. Ahora, se derretían al intentar tocar el sol, como un bloque de mantequilla rayándose al hacer sonar su guitarra. Desembrándose sin posibilidad de reagruparse en una pieza reconocible. Esparcidas entre las suciedad del suelo. No comestibles. No animales. Ni tampoco humanas.

Había cambiado de forma. Con ella habia seguido el proceso de gusano al convertirse en mariposa y volar entre las flores. Ella se despidió y el proceso se invirtió y de mariposa volvió a transformarse en gusano. Pero diferente, ya sabía qué significaba alzarse sobre el suelo, vencer a las leyes de la gravedad. Sentirse afortunado. Neutralizar fantasmas. Sin embargo, todo aquello lo había perdido, salvo su guitarra y la melancolía, novia egoísta que arrastró a este amante a la soledad. La que acabó con Nick Drake.

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