Cuentacuentos

El ritual era siempre el mismo. Daba igual que fuese lunes, jueves o sábado. Te lo habías aprendido como la tabla del dos. Primero, cogías tu cepillo de dientes. Estaba un poco despeluchado porque cuando tu madre no miraba te frotabas la dentadura con fuerza y rapidez. “Ya me los he lavado”, decías con la voz más dulce que eras capaz de sacar. Ella no era tonta, sigue sin serlo, pero tú eras ingenuo, en cierto sentido, continúas siéndolo. Hay cosas que nunca cambian. Después, ibas corriendo por el pasillo en dirección a tu cuarto pero una voz te frenaba. “¿Has hecho pis?”. Respuesta habitual: “No tengo”. Posaba su mano en ti: “¿No querrás mojar la cama?”. Una luz se te encendía y te enfurruñabas. Tenía razón. Retrocedías la pequeña carrera y te cerciorabas de que eso no fuera a pasar. “Ya soy mayor”, te decías. Pocos instantes después, con el pantalón colocado en el lugar que le correspondía, volvías a esprintar, y de un salto, caías en la comodidad de tu colcha. Rodeado de cojines, te adentrabas muerto de cansancio en esa amalgama de sábanas, mantas y colchones, un escudo protector contra los monstruos de la noche ya fueran los ronquidos de tu padre o el coco.

Entonces llegaba el momento más especial del día. Tu madre aparecía por la puerta con un librito entre sus manos y tú, sabiendo lo que iba a suceder a continuación, le hacías a un lado para que ella cupiera. Se aseguraba de que todo estuviera en orden. Te quitaba los jueguetes que podían quedar esparcidos por entre la colcha, te envolvía en el sobre y se sentaba a tu lado. Y de su boca salían personajes de toda condición y fantasía: patos que hablaban, enanitos, princesas dormidas, fábricas de chocolate, brujas malvadas, héroes a caballo y bestias que luego resultaban ser príncipes. Cada noche, una historia diferente, un mundo por descubrir antes de caer en un trance onírico. Y soñar con que eres ese patito que se convierte en cisne de mayor. O la princesa valiente que mata al dragón malo. Pero cuando la aventura está llegando a tu fin y eres el superhéroe que ha conseguido su objetivo te despierta una voz dulce recordándote que tienes que ir al colegio.

Ahora el ritual ha cambiado pero es, en esencia, el mismo. Eres tú quien no te crees las mentirijillas que te suelta quien corre hacia ti con los dientes sucios y un gesto inocente. Quien manda ir al baño y quien aprieta las sábanas de otro para que no se caiga de la cama. Le lees el cuento y ves como se duerme mientras rememoras los cuentos de tu infancia. Después le das un beso, y te vas al baño a lavarte los dientes. Te miras al espejo y descubres una cana nueva. “Mierda”.  Haces pis para no tener que levantarte en medio de la noche y te encaminas hacia tu cuarto. Coges tu libro, abres el nórdico y te metes dentro buscando el calor. A tu lado, alguien ronca. Abres la página marcada y pronto, como por arte de magia, te metes dentro de la piel del narrador, creyéndote que vives en el París del siglo XIX o que eres un librero en un suburbio de Nueva York. O un perro que sale a las noches de la casa de sus amos en busca de compañía. Cualquier cosa. Pasado un rato, piensas. “Ya es tarde, mañana a trabajar”. Dejas el libro en la mesilla, apagas la luz y te pones el nórdico en la cabeza como escudo protector contra los ronquidos. Probablemente tú también lo hagas, pero no lo sabes. Pero llega un momento en el que esos ruidos se sustituyen por voces desconocidas y caes en un profundo sueño. Estás en Isla de Pascua y formas parte de un grupo de muchachos rapanui en taparrabos y cuya misión es alzar un moái gigantesco. O tú eres el moái alzado sobre la tierra. Y descubres el secreto de estos gigantes de piedra. No son más que representaciones de sus dioses, entre ellos tú. Un recordatorio de aquellos dioses menores que desafiaron a los mayores y bajaron al mundo para disfrutar de la belleza de esta isla y proteger a los rapanui de fuerzas invasoras. Sus superiores los convirtieron en piedra por desobediencia y los rapanui construyeron cientos de réplicas colosales de vosotros en piedra. Pasaron las eras y seguistéis allí, hiératicos y mudos, frente al frescor del Pacífico. Un ruido te despoja de tu condición de semidios. El despertador. Son las siete de la mañana. Hay que trabajar. En realidad lo único que verdaderamente ha cambiado es que ahora el cuentacuentos, el que relata y vive historias lunes, jueves, domingos y demás días eres tú.

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s