Cuando Mariliendre encontró a Marigorringo

– Hola a todos. Me llamo María y soy una mariliendre.

(Todos juntos, sin ganas) Hooola Maríaa.

– Sé que puede parecer una tontería, sobre todo, teniendo en cuenta las historias que he estado escuchando la última hora. (En la sala, sentados en sillas modo korrontxo de la patata,  alrededor de once personas escuchándola. María está de pie y no está cómoda. A su derecha está Carlos, que la mira inquisitavamente mientras mordisquea una de las mangas de su sudadera. Tiene la pica. Enfrente de ella está Carla, una mujer cuarentona a la que le pirra el whiskey pero hace “dos días” que no lo prueba, o eso mantiene, con un nerviosismo que parece indicar que lo ha mojado con los cereales). En fin, decía que soy una mariliendre aproximadamente desde la universidad y creo que se está empezando a convertir en un problema.

(Un señor con aspecto de tener muchos problemas, de higiene, y que aún no había abierto la boca, la interrumpe). ¿Eso qué coño significa, que te comes lo piojos?

– Este tío es tonto. (Susurra el chaval que está a la izquierda de María).

– No Juanjo, vamos a dejar que María se explique. (Iñaki, el moderador de la reunión interviene con voz relajada. La calma de su oratoria no impide advertir un gesto extraño en su cara. Un tic alarmante en ambos ojos, producido, según había explicado al inicio de la sesión por una adicción descontrolada a los eclipses. Afición que le había dejado medio ciego, sin familia y casi en la ruina debido a los innumerables viajes que realizó alrededor del globo en búsqueda de este fenómeno. Un tipo raro pero buena gente al fin y al cabo). Continúa María, no te cortes.

– Mariliendre es la mujer heterosexual que sólo tiene amigos gays. Y actualmente todos mis amigos son homosexuales. Como hermanas. Me encanta ir con ellos de fiesta, de compras, me lo paso taaan bien. Pero el problema es que me está pasando factura en mi vida íntima. Como sólo salgo por garitos de ambiente, no conozco hombres heteros para echar un polvo, bueno y ya de formar una familia ni hablamos. Estoy llegando a los treinta y tengo miedo de quedarme sola. También en el trabajo porque hago mucha vida nocturna, a veces salgo a cenar con unos  amigos y no vuelvo hasta bien entrada la noche. Y, claro, tengo que entrar en la oficina a las ocho… Mi jefe, que aparte de ser un misógino se cree una especie de Pepito Grillo burócrata, me dice que soy muy valiosa, que estoy desperdiciando mi vida y que como siga por este camino, además de pasárseme el arroz, me va a echar. Y realmente es un capullo pero estoy empezando a pensar que tiene razón.

– ¿Por qué sólo buscas amigos gays? (preguntó Iñaki)

– No es que los busque, es que me encuentran. No sé. También tengo amigas, pero es diferente. Son relaciones distintas pero complementarias. Las mujeres somos más competitivas entre nosotras. Y con los amigos homosexuales que tengo pues noto un feeling distinto. De alguno me siento un poco como su madre, me piden consejo y esas cosas. Y, en cambio, a otros soy yo quien les consulto. Cuando tengo un problema o dudas, acudo a mi amigo Daniel, que es el tío más encantador y sincero que he conocido.

– ¿Gay también?

– Sí, sí. Pero es que con ningún hombre hetero había tenido ese grado de confianza. Siempre me ha pasado que, por un lado o por otro, uno de los dos ha acabado enganchado con el otro. No es que no crea en la amistad hombre-mujer, heteros ambos y ese tipo de chorradas. Las hay pero yo no las he tenido. Puede que lo que busque sea un cómplice y creo que los gays son los mejores cómplices para la mujer y viceversa. Por lo menos para mí. Aunque también hay mucha perra suelta, me he topado con cada una…

– Bien. Vamos a dejarlo por hoy. Espero que, expresar vuestros sentimientos a desconocidos, os haya servido para ver que no estáis solos en el mundo. A mí me ha servido. Sois unos valientes y estoy muy orgulloso de vosotros. Nos vemos el lunes que viene.

(Los asistentes salen poco a poco. Salvo María y el chico de su izquierda, ambos fumadores, que tardan menos de un minuto en coger sus bártulos y salir fuera del local. Llueve en Bilbao).

– ¡Mierda!. –Se queja María un instante después de que una gota le fatidie su recién encendido pitillo.

– Bah, casi  hasta te ha hecho un favor. Toma uno de estos, ya verás, no se apagan. (El chico le pasa un Marlboro Light).

– Mmm, gracias. Oye, tú no has hablado. ¿Qué trueno tienes? Confiesa.

– ¿Yo?. Ninguno.

– Hombre… Por algo habrás venido…

– Es que mi novio es un pesado y dice que tengo un problema, que sólo salgo con mariliendres. Yo creo que el problema lo tiene él, que es un celoso patológico pero en fin… El friki del eclipse y el tío que come tizas me han dejado un poco frío. ¿Te apetece tomar una copa?

– Buff no sé si debería…

– Venga, algo rápido y cada uno a su casa.

– De acuerdo, un gin&tonic y a casa.

– Me llamo Pedro. Por cierto, que sepas que no creo que tengas ningún problema. Pareces una tía estupenda. ¿En qué trabajas?

– Ay, gracias Pedro. Pues soy consultora en una agencia de…

(Charlan animadamente dirección San Francisco. Así es como María, Mariliendre, y Pedro, Marigorringo, se conocieron y establecieron una amistad que duraría años). Dos caras de una misma moneda.

P.D. María llegó a casa a las 7 de la mañana esa noche.

P.D. 2. El novio de Pedro. Miguel, se acabó haciendo íntimo de María y cuando ambos cortaron, siguió manteniendo interminables charlas telefónicas con ella.

P.D. 3. Ninguno de los dos volvió a la reunión al lunes siguiente. Ni ningún otro.

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