La chica de mis pesadillas

Un halo de oscuro modernismo,

envuelta en un río de whisky,

atroz.

La chica de mis pesadillas huele a muerte,

a cadáver gordo en estado de putrefacción.

Derrama lágrimas de sudor,

aspira tubos de escape,

y, sin ningún pudor,

nada desnuda en marismas de autodestrucción.

Tiene un ojo de cristal en el que se reflejan mis miedos,

pérdidas e insomnios,

sin parpadear.

Aparece todos los martes,

y los miércoles y los jueves,

sin descanso.

En su piel se proyectan rostros anamórficos,

caras de todos aquellos a quienes ha engullido,

mis padres, mis hermanos y algunos amigos,

todos ellos azorados.

Mientras, ella me mira

impávida y penetrante

como quien conoce todos los secretos del mundo,

de mi mundo.

Sumida en un pánico absoluto,

ahogada por la atmósfera,

me despierto.

Y caigo en la cuenta de que no es un sueño,

de que la chica de mis pesadillas

soy yo.

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